El arte de caminar

«El pequeño volumen que el lector tiene ahora entre sus manos es también una joya que nos recuerda que el ser humano puede encontrar altos momentos de felicidad en las pequeñas acciones de la vida cotidiana.»

Hernán Lara Zavala, presentación del libro El arte de caminar.

Una de mis pasiones es caminar. Por la ciudad, por el campo o por la montaña. Trekking le llaman, pero para mí siempre será caminar o pasear, no importa si son una, tres o siete horas de ruta.

Estos días echo mucho en falta nadar y caminar. La azotea es ahora calle, campo y monte. Caminar siempre es conversar, dar vueltas a muchas ideas, sin prisas, de forma despreocupada. Mientras caminamos hemos solucionado muchas cosas que parecían de difícil resolución, hemos planeado viajes y tantas cosas. Caminar alegra el ánimo y excita el apetito. Tras dos horas de camino surge siempre el gran tema: la cena. Todo parece poco. Fabular sobre lo que cenaremos y lo que beberemos hace más ágil el paso y corto el camino. La cena como recompensa.

Hace tiempo leí El arte de caminar, un libro breve y precioso con textos de William Hazlitt y Robert Louis Stevenson. Esta pequeña publicación editada por la Universidad Nacional Autónoma de México es una pequeña joya. Desde la presentación hasta el final es un pequeño divertimento que hará las delicias de los amantes del arte de caminar.

El caminante en la Selva Negra, de Hans Thoma (1891).

 

Dar un paseo, de William Hazlitt

Autorretrato, William Hazlitt (1802).

«Reconozco que hay un tema sobre el que es agradable charlar durante una excursión a pie, y es lo que queremos cenar cuando por la noche lleguemos a nuestra posada. El aire libre mejora este tipo de conversación o de amistoso altercado, aguzando el apetito. Cada milla del camino sazona más el sabor de las viandas que esperamos encontrar al término. Es hermoso entrar en alguna vieja ciudad con murallas y torres al aproximarse la noche o llegar a alguna aldea perdida con las luces señalando el camino entre la negrura circundante; luego, después de preguntar qué es lo mejor que el lugar nos ofrece, “¡reposar en nuestra posada!”  Estos momentos memorables en la historia de nuestras vidas son demasiado inapreciables, demasiado llenos de sólida e intensa felicidad para desperdiciarlos gota a gota en una imperfecta simpatía. Yo prefiero conservarlos para mí mismo y apurarlos hasta la última gota: después se podrá hablar o escribir de ellos. ¡Qué delicada especulación es, después de tomar tazas enteras de té,

     las copas que alegran, pero que no embriagan,

dejar que sus efluvios asciendan al cerebro y sentarse a considerar lo que nos aguarda en la cena: ¡huevos y una lonja de jamón, un conejo con cebolla o una excelente chuleta de venado! En una situación semejante, Sancho optó por “estas que llaman ollas podridas” y su elección, aunque forzosa, no debe desdeñarse. Luego, en los intervalos de escenario imaginado y contemplación al estilo Tristram Shandy, ver los preparativos y el ajetreo de la cocina (preparándose para el caballero que está en la sala).»

«El carácter de incógnito que da una posada es uno de sus más notorios privilegios: “señor de mí mismo, sin la carga de un nombre”. ¡Oh!, es algo grande librarse de las trabas del mundo y de la opinión pública –perder nuestra inoportuna, atormentadora y duradera identidad personal en los elementos de la naturaleza y convertirnos en criaturas del momento, libres de todo nexo–, no tener con el universo otro contacto que el de un plato de panes dulces y no deber nada sino la cuenta de la noche…»

 

Excursiones a pie, de Robert Louis Stevenson

Robert Louis Stevenson, John Singer Sargent (1885).

«Pero es en la noche, después de la cena, cuando llegan las horas mejores; no hay pipas como las que siguen a un buen día de marcha; el sabor del tabaco es algo para recordar, tan seco y aromático, tan rico y fino. Si terminan la velada con un grog, confesarán que nunca habían probado semejante grog, a cada sorbo una jocunda tranquilidad corre por los miembros y se aposenta fácilmente en el corazón.»

El caminante, de Hans Thoma (1906).